Orión
Así que aquí he vuelto. De nuevo a seguir experimentando con esto. Después de unas largas vacaciones. Tres semanas en las que me dediqué a disfrutar simplemente más de vida (así es señores, aunque suene la mar de ridículo). Claro, un “Basta” no fue suficiente y tuve que ser alguien ya podrido en mí. ¿Algo relevante de estas fechas pasadas? Ja, mucho de hecho. Pues dentro de todo eso, tan sólo puedo decir que me siento satisfecho de las convivencias con familia y amigos.
Quedarse en casa la mayor parte de mis vacaciones es algo que en verdad me purga, así que hice todo lo que estaba en mí para salir, mínimo, a dar un paseo por lugares cercanos. Entre esos lugares, como se acostumbra ir a comprar en la mañana las cosas para la cena de Año Nuevo, acudí con mi familia a una plaza, el mismo colorido desbordante de frutas y verduras, el olor por doquier de aceite requemado y masa, las ofertas gritadas por comerciantes, las mujeres que hasta para esos lugares no pierden el estilo, y otras más que arreglarse bien no es lo suyo, los típicos regateos que al final resultan ser efectivos, uno que otro animal hambriento que merodea por los puestos de comida, las lonas de colores que pintan el suelo como si fuera una fiesta matutina. Me gusta ir, en primera porque aunque ciertamente no son los lugares más higiénicos para comer, a mi parecer sí son uno de los lugares en los que mejor se come; y además porque te topas con una que otra escena peculiar. De esto puedo rescatar que mientras estaba comiendo, un señor ya anciano se sentó frente a mí, acompañado de su esposa, de igual longevidad. Él de un aspecto característico de un anciano tradicionalista y del que disfruta del canto del gallo cada mañana, pero eso sí, con los años marcados fuertemente por cada arruga. Ella, de cara decaída, un poco encorvada, con una cabellera larga que jugaba con el gris, el negro y el blanco, y con ojos que transmitían cansancio y serenidad. Este anciano, pedía su comida y comía con un gusto, se atiborró de aquel manjar que sólo el borrego lo puede dar. Ella, sólo agachando la mirada, jugando con sus rasposas manos. ¿Qué comió ella? Les puedo responder que si acaso, un solo taco y ya. Tal vez se estaba muriendo de hambre, tal vez no había tenido presente semejante plato frente a ella en mucho tiempo, tal vez estaba perdida en sus vagos pensamientos, tal vez contarse los cayos de los dedos de las manos era más esencial, tal vez guardar un frío silencio era lo mejor que podía hacer, tal vez el quedar tan sólo descansada en el banco era suficiente, tal vez recordaba aquellos votos de hace ya décadas que ella haría algo más que amarlo (o en dado caso, forzar un amor): a obedecerlo en todo. Terminó el señor, pidió la cuenta y se fue, ella, mientras tanto, se levantó e hizo un movimiento con el brazo, recogió unas enormes bolsas de tela y se las echó al hombro. La pareja se fue perdiendo entre tanta gente, el anciano avanzando sosteniéndose con un bastón, y la anciana, forzando unos pasos cansados tratando de seguirle el paso a su esposo. Poco después, los vi en otro lugar, me topé con la señora, quien parecía sólo leer sus pensamientos en el suelo, mientras que de sus aparentemente débiles manos colgaban voluminosas bolsas, giré mi cabeza para buscar al señor (no sé por qué lo hice) y lo encontré un poco alejado, bebiendo un poco de pulque, acompañado de al parecer sus amigos, todos bebiendo de ese fuerte licor mientras unas sonrisas mostrando dientes carcomidos se asomaban de sus húmedas bocas. ¿No es acaso singular? Una escena que me cautivó de cierta manera y que no olvidaré. Antes que nada, aclaro: no soy machista, es más, como muchas cosas en este país, pienso que es como un cáncer que no deja progresar eso que está tan de moda y que, supongo, debería de estarlo siempre: la libertad. Aunque he de confesar que hubo algo en esa relación que me emocionó mucho. No sé cómo explicarlo. Simplemente, creo que, es un fuerte pilar de eso que México ha conservado celosamente: la tradición. Pensar que aun hay relaciones así, que aún se conserva el título de jefe de la familia. Mujeres, no se sientan ofendidas con estas declaraciones mías, porque ¡Qué sería del inútil hombre sin una mujer! Repito, el saber que esas ideas (aunque ya sé que dirán “retrógradas” y sí, tal vez lo son en toda la extensión de la palabra) aun sigan vivas y presentes, me emociona de sobre manera. Muchos no entenderán mi punto de vista, es más, creo que a estas alturas, nadie de mi edad me lograría comprender, tan sólo el tener presente que ciertas tradiciones, por más injustas que sean, sigan vivas como que me satisface. Dirán que pobre viejita, pero yo no lo veo así. ¿Por qué? Porque así creció, así se le educó, que la mujer le sirve al hombre, que eso será siempre, que se someterá a las decisiones de él, que su palabra es ley en el hogar. Es algo que sabe tiene que ser. Seguramente así vio a sus padres, lo mismo que con sus abuelos, por ende, ella podría pensar que es lo más normal del mundo. Lo que me recuerda que antes, los “Te Amo” estaban como prohibidos. Dice mi abuela que ella nunca le dijo “Te Amo” a mi abuelo, por más que ella lo amó (y aún ya muerto, lo sigue queriendo mucho), lo más que decía era “Te quiero mucho” y era la expresión amorosa de mayor grado. Los “Te Amo” hablaban de situaciones un poco más impropias, por no decir (atreviéndome a decirlo) bárbaras. Me tirarán de loco. Pero de esto ya no se quejen, que ahora el relativismo está por todo su apogeo y cualquier cosa vale. Lo sé, son ideas de pueblo, pero créanme que ideas significativas y hasta históricas. Sí, quizá soy un pinche aguado… ¡Bah!
Aparte de esto, aprendí tanto estas 3 semanas. Y cambié mucho. Como se dice: en esencia soy el mismo, pero he cambiado en ciertos aspectos. Desde hace dos años, me recomendaron de un libro de cosas filosóficas –cabe aclarar que era cuando estaba interesado en esas cosas abstractas, que a la vez son astutas pero también bobas-, lo busqué por doquier, no lo encontré, hasta que me decidí a conseguirlo por internet. Pronto lo empecé a leer y me iba envolviendo con sus cuestiones y juegos de ideas. Pero el tener que leerlo en la pantalla me lastimaba mis ojos, y un día de flojera lo dejé en el olvido. En estas vacaciones, lo encontré, tenía suficiente dinero para comprármelo y adquirir otros tomos de ideas similares, todo estaba listo para pagar por él y de nuevo analizarlo más. Hasta que me dispuse a cambiar. Sí, dejaré de ser aquel que se preguntaba todo y que pensaba que todo en la vida tiene una razón de ser, que no hay más de lo que nuestros ojos pueden ver, que somos lo más capaz que tiene el universo, que somos amos y creadores, que la materia es materia y siempre será materia, etc. ¡Al demonio con todo eso! Hasta yo acepto que es un cambio radical en mí, pero estoy hartado de esas ideas. Me di cuenta que esas teorías no sirven más que para hacer más infeliz al hombre. ¿Qué no harán esos pensamientos prefabricados que sólo amargarme más la existencia? ¡A la mierda con todo eso! Tan sólo me han chupado la alegría en esos instantes de mi vida que necesitaba ayuda, no física, sino moral. Dejé aquella sección de libros y me paré justo en frente del librero que mostraban aquellas portadas de libros conocidísimos, así es señores, yo fui rápidamente a comprarme un “Best-Seller”. Tal vez no me llenen de cultura o algo similar como los otros, pero por lo menos me llenarán de ilusión cuando esté perdido de ella. Por lo menos me harán sonreír y creer en la historia, creer en la felicidad del hombre. Debo admitir que tampoco me aloqué y escogí cualquier libraco con letras bonitas y portada cautivadora, no. Escogí uno que andaba buscando últimamente y que está de moda. Y ahora no saben cómo estoy disfrutando de esa lectura.
Cambié, pero no cambié. Sigo siendo el mismo pero ya no más. Ya ansiaba estas vacaciones. Me ayudaron tanto. Y regresé con más ánimo para vivir mi último semestre en la preparatoria. Tristemente no todo fue miel sobre hojuelas, hubo cosas qué lamentar…
“¡Sí allá están, allá arriba, en el cielo, míralos, son ellos que aún siguen su recorrido!”